El reloj marcaba las tres y cinco de la mañana cuando Andrés despertó de golpe entre sudores fríos, se sienta en su cama y se seca la frente con respiraciones profundas, ya se sentía harto de otra noche siendo atormentado. De la oscuridad profunda que poseía la pequeña habitación, sale su hermanito de una manera espectralmente silenciosa, sentado en su silla de ruedas y sin expresión alguna.
– ¿Otra vez? –Pregunta como si lo que acababa de pasar ya fuera una rutina del día a día.
– Si, otra vez, de verdad ya no lo soporto.
– Para que la próxima hagas un poco más de esfuerzo en salvarme. –Saca una pequeña sonrisa de forma picara, esta son las clases de comentarios que los niños hacen sin saber que son de muy mal gusto.
– No me molestes, sabes que si pudiera hacerlo lo haría, no hay nada que deseo más en el mundo, volver en el tiempo y… -Coloca sus manos en su cara evitando que salga cualquier lagrima, de verdad, el adolescente casi adulto ya había sobrepasado su límite.
– Evitarías el accidente.
– Si… -Se vuelve a acostar, desalentado, sabía que no podría volver a dormir, pero, buscaba un poco de paz interior.
– No tienes porqué atormentarte, me gusta mucho el hecho de tener siete años para siempre. –Intenta hacer sentir mejor a su hermano.
– No es mi decisión hacerlo. –Miraba al techo, aunque solamente veía oscuridad.
– Entonces, ¿Por qué ocurre?
– Créeme, si lo supiera ya hubiese hecho algo para que parase. –Responde de mala gana a la pregunta.
Andrés pasó la noche acostado mirando una esquina de la habitación, vio pasar el alba, la mañana, la tarde y no se levantó, no tenía ganas de nada ni tampoco quería ver a alguien, solo quería pasar su miseria entre pensamientos, dando mil vueltas en la cama queriendo mejorar su vida, pero, sin saber cómo hacerlo, su hermanito entra por la puerta a toda velocidad, completamente emocionado.
– ¡Ya se! ¡Ya sé cómo acabar con todos tus problemas!
– ¿Cuál? –Voltea los ojos para arriba esperando alguna respuesta estúpida.
– ¡Volvamos al sitio donde todo empezó y simulemos que me salvas! –Respondía orgulloso de su ingenio
Andrés se sienta en su cama sorprendido, dicha idea no sonaba tan mala.
– Ey, eso no se escucha tan tonto.
– Lo sé, lo sé, como tu mente va a crear la idea de que me salvaste, dejaras de sufrir esas pesadillas. –Se daba ínfula de genio.
– No puedo creer que hayas tenido esa idea. –Se levanta de un salto de la cama y abraza a su hermano contento.
– Lo que sea para ayudar a mi hermano.
Andrés procede a desordenar todo en el cuarto en busca de dinero, que va encontrando paulatinamente abriendo cajones, agitando cuadernos y metiendo la mano dentro de sus pantalones sucios.
– Esto debe ser suficiente para un viaje de ida en bus. –Contaba el dinero detenidamente.
– ¿Cuándo iríamos al rio?
– Ahora mismo, quiero librarme de esto lo antes posible. –Se ponía la primera ropa que encontraba en su desordenado armario.
– ¿No le avisarás a mamá que vas a salir?
– ¡No! –Voltea a verlo de forma atemorizante– ¿Tú crees que mamá me dejaría salir un martes, a estas horas, a un rio peligroso donde murió uno de sus hijos?
Su hermanito solo lo miraba sabiendo muy bien cuál era la respuesta.
– ¡La hora! –Mira su reloj percatándose del tiempo– ¡Sino nos apuramos perderemos el ultimo bus, vamos salgamos rápido, no te tardes! –Salía corriendo, su hermanito lo seguía por detrás como si de una sombra se tratara.
En cuestión de unos pocos minutos estaban fuera de la casa, Andrés corriendo y su hermanito girando las ruedas de su silla los más rápido que sus brazos se lo permitían, fue cuando cerró la puerta de la casa, que su madre se percató que su hijito había salido, no le dio tiempo de preguntarle a donde se dirigía o que iba a hacer.
En la parada, Andrés estaba sentado deseando que el ultimo bus no hubiese pasado todavía, apenas podía mantenerse quieto, cruzaba las piernas, se acomodaba el cabello, volteaba hacia los lados queriendo ver algún bus acercarse, su hermanito estaba más tranquilo, al notar aquella impaciencia decide preguntar.
– Estas muy emocionado por esto, ¿verdad?
– Si, este podría ser el fin de noches llenas de pesadillas, por fin dejar de ocultar estos problemas para que no piensen que estoy loco y me lleven a algún psicólogo para que me hipnotice o alguna tontería así. –Vuelve a asomar la mirada para ver si algún bus se aproxima– Podré decirle adiós a todo esto, despedirme de…
– De mí. –Su hermanito lo interrumpía con un tono que se escuchaba triste, y lo miraba con una mirada desalentadora.
– No… No te pongas así, tú de verdad no existes, solo eres un invento de la culpa que me carcome desde hace cuatro años, tú no eres real –Decía estas palabras más para el mismo que para quien supuestamente estaba hablando, su hermanito– Además, la idea fue tuya. –Tomaba un carácter más fuerte.
– Lo sé, es solo que la idea de desaparecer me da mucho miedo, yo ni siquiera sé si soy real o no, me gusta pensar que fuera como fuese, el que tú estuvieses vivo me mantenía a mí también así.
Los dos se quedaron viéndose, pero, ninguno se animó a soltar alguna lágrima u alguna otra palabra.
– Por lo menos, esta vez si podré despedirme…. Será lindo. – Su hermanito intentaba sonreír, algo que conmovió a Andrés.
El bus llegó y ambos lo abordaron, como estaba vacío Andrés no tuvo problemas para escoger asiento, decidió sentarse en uno de los primeros puestos, su hermanito se colocó a su lado diciendo “Lo bueno de ser un fantasma es que puedes pasar sin pagar”. Andrés, quien empezó a cuestionarse si estaba haciendo lo correcto, se sentía cada vez más relajado, sus ánimos calmados hicieron que recobrará el sueño que no había conciliado la noche anterior, poco a poco y sin poder evitarlo, se quedó dormido.
El sueño del quinceañero al principio fue el recuerdo de cuando tenía ocho años y su hermanito cuatro, ambos estaban en la casa de su difunta abuela, a los dos les gustaba mucho ese sitio debido a los grandes árboles y la extensa vegetación que había a los alrededores, era un lugar perfecto para buscar aventuras o imaginarlas. El momento exacto que recrea, fue una tarde cuando los dos estaban intentando trepar un árbol, el más grande de todo el patio, Andrés lo logro después de algunos minutos de intento, mientras, que su hermanito por más que lo intentaba no podía por su corta edad, lo que genero burlas de parte de su hermano mayor, lo más cerca que estuvo el infante de trepar el árbol fue cuando se abrazó del tronco viejo, no tardo en resbalarse, cayendo al piso nuevamente, provocando raspones en su cuerpo y más burlas por parte de Andrés; El hermanito soltó llantos de frustración tan grandes que llamaron la atención de su abuela, una anciana con carácter típico de los que se criaron en los rudos tiempos de antes. La abuela al llegar a la escena y ver lo que estaba pasando, le gritó a Andrés que bajara inmediatamente de la rama en la que estaba sentado mientras tomaba a su hermanito en brazos. Una vez que Andrés ya estaba en el suelo, empezó a regañarlo fuertemente, los reclamos no parecían parar, y las bofetadas no se hicieron esperar, antes de volver a la casa para curar los raspones de su hermanito, le dio un gran consejo: “Él es tu hermano menor, es tu responsabilidad cuidarlo y velar por su bien, tú eres al que más necesita y necesitará así que será mejor que hagas bien tu papel o te castigare”. Su sueño lo lleva ahora tres años en el futuro, cuando contaba con once años, su abuela ya había fallecido por causas naturales. Sus padres para celebrar el inicio de las vacaciones los llevaron a un río que quedaba cerca de la ciudad, fue una tarde tranquila en familia hasta que decidieron bañarse, ese preciso momento ocurre demasiado rápido o al menos, así lo recuerda Andrés, el primero en entrar es su hermanito, estaba emocionado y contento, lo que no se esperaba era que la corriente de un momento a otro se volvería realmente fuerte, arrastrándolo hacia una zona llena de rocas con las que se golpeó y batuqueo bastante, de la impresión Andrés se quedó impactando, viendo todo lo que pasaba frente a él, llegó un momento en el que cuerpo de su hermanito dejo de luchar contra la corriente, dejo de gritar por ayuda y de llorar, solamente se hundió, fue allí cuando Andrés se acercó, estaba muy temeroso y apenas toco el cuerpo inerte en el agua, de la nada sale su abuela del fondo del agua, con una delgadez enfermiza, con tajos de piel azulosos luchando por mantenerse guindando en los huesos y una expresión de ira, de odio puro, una figura maternal como lo es una abuela, que debería expresar tranquilidad y amor, ahora transmitía todo lo contrario. Agarró a Andrés de los hombros acercándolo a ella de forma violenta y gritándole con una voz que parecía salir de una garganta llena de agua: “¡Te dije que lo cuidaras!” Era esta la pesadilla que ha estado atormentado a Andrés en los últimos años.
Despierta de golpe, acompañado con un pequeño grito que ahoga enseguida. Asusta a su hermanito y al conductor.
– ¡Es aquí! –Comenta su hermanito.
El conductor detiene el bus, se voltea y pregunta:
– ¿Qué es lo que paso?
– Aquí es donde nos tenemos que bajar. –Dice el hermanito mirando en dirección a Andrés.
– Aquí es donde nos bajamos…Me bajo –rectifica algo confundido, se levanta yendo hacia la puerta.
– Es un lugar muy extraño para bajarse solo, y más en la condición en la que estas, pero, es la última vuelta y tengo muchas ganas de ir a casa así que adelante. –El inconsciente chofer lo deja salir sin ninguna protesta.
Ambos empezaron a andar en un camino corto pero muy estrecho, presento una dificultad mayor a su hermanito ya que la maleza y algunas ramas se quedaban atoradas en las ruedas de su silla, les tomo un tiempo, pero, ya estaban en el rio donde la desgracia habia ocurrido.
– Bien, ve al agua, cuando la corriente empiece a aumentar, saltaré y te salvare.
– Ok, me parece bien. –Su hermanito le obedece.
Se quedan esperando unos cuantos minutos hasta que se percatan que la corriente se ponía cada vez más intensa, Andrés no perdió ni un segundo y se zambulló, para su mala suerte, unos gritos se empezaron a escuchar desde el caminito, era su madre que llegaba justo en ese momento crucial, “Maldita sea” fue lo único que pensó y que salió de la boca de Andrés, la mujer, cuando vio a su hijo en el agua le ordenó de inmediato que saliera, los dos obedecieron, cabizbajos fueron guiados por su madre al auto para llevarlos devuelta a su hogar.
– ¡Esto fue una completa inconciencia, estaba preocupada, no sabía a donde carajos fuiste, me tuve que pasear por todo la ciudad antes de venir aquí! –Se colocaba roja de la furia, le daba pequeños golpes al volante.
– Perdón mamá. –respondía Andrés fastidiado.
– No fue…
Ambos responden casi al mismo tiempo, solo que el hermanito fue interrumpido por su madre, cortando la oración que apenas estaba empezando.
– ¡No quiero excusas ni justificaciones, fue una estupidez y punto! ¡No se diga más! –Apretaba con fiereza el volante del carro.
– ¿Para qué le respondes sino puede escucharte? –Pregunta Andrés mirando a su hermanito y frunciendo el ceño.
Un levantamiento de hombros es la única respuesta que recibe.
Una vez en casa, se dirigieron derecho a la habitación, la frustración de Andrés era difícil de ocultar, apenas la puerta se cerró empezó a tirarlo todo, golpeaba la pared y a maldecía a diestra y siniestra, su hermanito temeroso intentaba tranquilizarlo diciéndole que guardara la calma.
– ¡Para ti es fácil decirlo! –Lo aprieta de los hombres– ¡Tú no sabes lo horribles que es vivir con estas pesadillas, con estas ilusiones que te atormentan cada maldito día! ¡Y todo porque no fui un buen hermano! –Lo tira al suelo.
– ¡Si se cómo se siente! –Grita, empezaba a llorar– ¡Lo sé, porque yo soy el que está alucinando! ¡Tú no eres real, tú fuiste el que murió en el rio al intentar salvarme!
El hermanito de Andrés se encontraba solo en su habitación, tirado en el piso, gritando y sollozando, lamentándose de que su intento de suicido causado por las alucinaciones que sufría, generadas por el estrés post traumático, había fracasado. No tardó mucho tiempo para que entrara su madre preocupada.
– ¡¿Qué te paso?! ¡¿Qué tienes?! –Al verlo tirado en el piso, se abalanza sobre él, abrazando a su hijo de once años.
– Mami, ¿Por qué no pude ser yo el que murió hace cuatro años? ¿Por qué tuve que ser tan estúpido, tan débil y hacer que… fuera a rescatarme haciendo que se muriera? ¿Por qué? ¿Por qué ¿Por qué? –Se lamentaba llorando en su regazo.
– No digas eso… tienes que dejarlo ir, ya eso paso, para eso son tus pastillas, por eso es que tienes que tomártelas. –Abrazaba con más fuerte al pequeño, besándolo en la cabeza, buscando consolarlo de alguna forma.